miércoles, julio 22

John Wilkins: ¿Un viaje a la Luna en el siglo XVII?

Con las celebraciones por el cuarenta aniversario del alunizaje del Apollo 11 en muchos sitios web y en otros medios se presentaron toda clase de homenajes y especiales temáticos. A la hora de hablar de antecedentes referentes a la exploración de nuestro único satélite natural los ejemplos más tempranos que suelen ofrecerse son las novelas De la Terre á le Lune (De la Tierra a la Luna), de Jules Verne; y The First Men on the Moon (Los Primeros Hombres en la Luna), de H.G. Wells; o bien, la vaga adaptación cinematográfica de ambas dirigida por George Méliés bajo el título de Le Voyage dans le Lune (Viaje a la Luna).

Sin embargo, creo que existe una importante omisión que debiera ser tomada en cuenta, sobre todo tomando en cuenta que no se trata de un trabajo de ficción, si no de la obra de un respetado académico inglés del siglo XVII. John Wilkins, obispo de Chester y miembro fundador de la Royal Society, quien fue uno de los académicos más respetados de su tiempo, habiendo incluso presidido colegios en las Universidades de Oxford y Cambridge, escribió dos libros donde analizaba las probabilidades de realizar un viaje de exploración a la Luna.

The Discovery of a World in the Moone (El Descubrimiento de un Mundo en la Luna), publicado en 1638, y A Discourse Concerning a New Planet (Un Discurso concerniente a un Nuevo Planeta), aparecido en 1640, son los dos textos en que Wilkins argumenta sobre las probabilidades de realizar un viaje de exploración a la Luna, con la finalidad de establecer contacto con los selenitas e incluso de iniciar relaciones comerciales con ellos, tal y como ocurría con los habitantes de otros continentes.

Es importante señalar que cuando Wilkins escribió estos libros no se sabía absolutamente nada del vacío espacial o de la fuerza de gravedad, así que es de entenderse la inocencia y candidez de algunos de los argumentos postulados en sus libros, el primero de los cuales escribió contando apenas con 24 años de edad. Por ejemplo, Wilkins pensaba que lo que nos mantenía unidos a la superficie de la Tierra era alguna forma de magnetismo, y a partir de su observación de las nubes y su comportamiento consideraba que al alcanzar una altitud de unos treinta kilómetros uno quedaría libre para poder volar a través del espacio.

Como muchos de sus contemporáneos, Wilkins estaba fascinado con la creciente cantidad de artefactos mecánicos que estaban siendo creados en la época, así que la idea de poder construir una máquina voladora que pudiese realizar el viaje a la Luna es una parte importante de su disertación. Su idea era construir un vehículo similar a un barco pero equipado por un gran resorte, engranajes similares a los de un reloj, y un par de alas que habrían de ser cubiertas con plumas de grandes aves. Además, la pólvora podría usarse a manera de un primitivo motor de explosión.

Proponía que diez o veinte hombres se asociaran para aportar el dinero necesario para contratar a un competente herrero que se encargase de contruir su buque volador a partir de planos desarrollados por académicos y científicos de la época. La falta de aire no sería problema, pues aún cuando se sabía que los alpinistas experimentaban dificultades para respirar a grandes alturas, Wilkins tenía la idea de que esto era debido a que el hombre no estaba acostumbrado a la pureza del aire respirado habitualmente solo por los ángeles. En cuanto a la comida, tampoco haría falta, pues estaba bien documentado el hecho de que el hombre podía pasar varios días sin necesidad de comer, además de que al librarse del magnetismo terrestre no habría ninguna fuerza presionando los órganos digestivos y provocando la sensación de hambre.

Documentos en los archivos de la Universidad de Oxford indican que a mediados de los 1650s Wilkins trabajó al lado de Robert Hooke en experimentos relacionados con la construcción de máquinas voladoras en los jardines del Wadham College, trabajo que aparentemente lo convenció de que los viajes espaciales podían ser mucho menos simples de lo que el había imaginado décadas atrás.

A pesar de que sus ideas puedan parecer excesivamente tontas a la luz del estado actual de la ciencia y la tecnología, hay que recordar que Wilkins vivió en una época en que las ciencias apenas empezaban a desarrollarse y a ocupar un lugar en la vida académica de las grandes ciudades. Su ingenuidad era igual de poderosa que su imaginación y sus escritos lo confirman, pero sin duda se trataba de un soñador y un visionario, y esas son la clase de personas que a lo largo de la historia más han contribuído al avance y desarrollo de la civilización.

Sin duda el Dr. Wilkins se sentiría enormemente complacido y satisfecho de saber que eventualmente el hombre adquirió los conocimientos y habilidades técnicas para enfrentar la tarea de volar a través del espacio y visitar la Luna, aún si ésa no es como él se la imaginaba y a pesar de la ausencia de selenitas con los cuales establecer relaciones comerciales.

Fuentes: Skymania, Wikipedia.
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