Hace pocos años estaba listo para creer que Darren Aronofsky ya había dado todo de sí en el cine. Tras un relampagueante ascenso a la fama en base a dos películas personales y oscuras: Pi (El Orden del Caos) y Requiem for a Dream (Requiem por un Sueño), su carrera tuvo un duro tropezón con la ambiciosa pero malograda y accidentada The Fountain (La Fuente).
En mi reseña de esa película comenté que me parecía que el director había perdido la motivación por su trabajo, pues las herramientas técnicas y narrativas seguían ahí y en gran forma, pero la película se sentía hueca, sin vida.
