En los últimos años se ha dado un fenómeno curioso. O mejor dicho, se ha incrementado, porque siempre ha estado ahí en mayor o menor medida: la aparente necesidad de ponerle etiquetas a todo, de clasificar y empaquetar todo de modo que se apegue a nuestras expectativas de lo que debe ser. En el caso del entretenimiento, ya sea cine, TV, libros o cómics, hay un sector del público que desconfía o de plano aborrece cualquier cosa que se atreva a transgredir sus expectativas.

Y eso es algo en lo que pensé mucho hace unos meses al ver la curiosa mezcla de aceptación y rechazo con que la audiencia en México parece haber recibido a A Ghost Story (Historia de Fantasmas), la más reciente película de David Lowery (Ain't Them Bodies Saints, Pete's Dragon).