Hace unos años Darren Aronofsky era un polémico director en Hollywood. Su frenético estilo de dirección y edición en películas como π (π: El Orden del Caos) y Requiem for a Dream (Réquiem por un Sueño) hacían de él uno de los realizadores visualmente más interesantes.
Luego vino un largo periodo de inactividad, en que se involucró en un criticado y eventualmente abortado proyecto de Batman en el que estaba colaborando con Frank Miller, y entonces vino The Fountain (La Fuente de la Vida), misma que representó, al menos para mi, una profunda decepción.