sábado, diciembre 25

Navidad, tiempo de... ¿consumir?

Hace algunos días Juan Pablo II hizo un llamado a todos los fieles católicos del mundo a no permitir que el consumismo “nos” lleve a olvidar el verdadero significado de las fiestas de esta temporada. Lo que me llama poderosamente la atención es que este pronunciamiento se dio algunas horas después de que un diario italiano, Il Giornale, reveló al mundo la existencia de una cafetería propiedad de las autoridades de la Iglesia justo ante la cúpula de San Pedro, en la terraza de la conocida catedral, uno de los puntos más conocidos de Ciudad el Vaticano. La nota dio la vuelta al mundo en diarios y noticieros. Aquí y aquí hay un par de notas en inglés y una en español.

Además, hace apenas un par de semanas se celebró en el norte de la Ciudad de México -aún cuando algunos afirmen que en toda América Latina- la fiesta de la Virgen de Guadalupe, la cual convierte los alrededores de la Basílica en un auténtico tianguis donde uno puede encontrar antojitos y parafernalia guadalupana de todas clases por una no tan módica suma de dinero. O las contrapartes chinas, si uno decide economizar un poco.

Y esta clase de situaciones me recuerda algunas de las muchas razones por las que desconfío de la Iglesia Católica. Pueden ustedes preguntar a quienquiera que desee celebrar una misa o ceremonia, o a quien recientemente se haya casado o haya realizado algún bautizo o primera comunión sobre los costos y requisitos solicitados por las iglesias. Recordemos también que el “Santo Padre”, cuando su salud se lo permitía, acostumbraba vacacionar en algún descanso alpino, esquiando jundo a la crema y nata de los hombres de negocios más ricos del mundo. ¿Y por qué no? Después de todo es el líder de la mayor transnacional jamás habida sobre la faz de la Tierra. Y como olvidarnos de aquellos templos ubicados en zonas de altos ingresos -Polanco y la Anzures si no mal recuerdo- en los cuales se dan facilidades para que los feligreses puedan dar diezmos y limosnas utilizando su tarjeta de crédito, tal y como cualquier prestador de servicios que se precie de su nivel hubiese hecho. Todo en nombre de dar un trato adecuado a su clientela.

Y lo único que se me ocurre pensar es, ¿Acaso cuando Jesús echó a los mercaderes del Templo, fue sólo para hacer espacio para los de casa?
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