lunes, noviembre 1

¿Y quién es el Exorcista?

El día de ayer me puse a ver en televisión la película El Exorcista de William Friedkin. Debo admitir que la primera vez que ví esta película yo tenía 8 años y realmente me llenó de terror, de la misma forma que lo hizo la novela de William Peter Blatty 4 años después. La diferencia fue que anoche ví la historia desde una óptica muy diferente, y llegué a un par de conclusiones que, por obvia necedad, me parecen muy interesantes.

Empecemos por el hecho de que supuestamente la película esta basada en un hecho real: un niño realmente fue poseído por un/el demonio, y un par de sacerdotes tuvieron que exorcizarlo. De ahí sigamos con los extraños acontecimientos que sucedieron durante la filmación en 1973, coronados con la supuesta maldición que pesa sobre los involucrados en la misma.

Ciertamente los tiempos han cambiado para la Iglesia Católica: ya no tiene la influencia que solía tener hace 300 años en la política global, y su número de creyentes diminuye cada vez más rápido. ¿Cuál es entonces la mejor forma de evangelizar en un mundo globalizado? A través de los medios de comunicación, utilizando fábulas religiosas como el Exorcista. Sigamos un poco las metáforas de la historia:

Regan, la niña posesa, representa obviamente a la juventud de nuestros/aquellos días: desenfrenada, con el mundo por delante, justo en el borde la adolescencia, moderadamente educada y al mismo tiempo moderadamente rebelde, pero ya no se cree la historia del tipo que salvó a la humanidad cuando lo clavaron a una cruz de madera. Su madre, una actriz de cine, es el prototipo de la sociedad decadente (el establishment), sin valores ni principios. ¿Qué resulta de esta combinación? Una hija fuera de control, hereje y blasfema que no cree ni teme al poder de Dios. Resulta curioso que lo que empezó con la posesión fué la influencia de una estatuilla recuperada en el Medio Oriente.

La madre, preocupada cuando las alternativas científicas fallan, busca consuelo en la religión, que tiene respuesta para todo, representada primeramente por el padre Damien, que simboliza la nueva cristiandad: llena de dudas y remordimientos, insegura de su fé debido a una vida cómoda y carente de milagros. Para poder llevar a cabo el exorcismo necesita de un sacerdote con más experiencia y edad, el padre Merrin, quien claramente representa a la guardia conservadora de la Iglesia, a quien la edad le ha quitado el gusto por atormentarse de forma gratuita. En la película, claro, este último personaje aparece maquillado y disfrazado hasta que parece una especie de Van Helsing post-moderno.

El exorcismo en sí es el diálogo entre los sacerdotes y la niña (demonio incluído) para convercerla de que se someta al poder de Dios/Iglesia. Durante la sesión la niña-demonio expresa habilidades fuera de lo común: habla en otros idiomas, parece tener conocimiento íntimo de la vida de los sacerdotes y de otras cuestiones, levita, tiene fuerza descumunal y es sexualmente agresiva. Los sacerdotes, que como mencionaba antes representan los dos frentes de la Iglesia, deciden que una niña debe ser pudorosa y recatada y que no debe exhibir esas habilidades en público. ¿La solución? Amarrarla a la cama mientras le producen heridas con agua bendita. Todo el tratamiento, por supuesto, en el nombre de Dios.

Al final, el padre Merrin muere por el stress del ritual y el padre Damien se sacrifica por el bien de la niña al mismo tiempo que reafirma su fé en Dios, insinuándonos que la Madre Iglesia siempre antepondrá la seguridad de sus fieles sobre su propio bienestar. Tanto Regan como su madre se vuelven católicas creyentes y mochas: basta ver el beso que le da Regan al padre Dyer al ver su collarín hacia el final de la película.

Misión cumplida: otra católica conversa.

Seamos sinceros: este tipo de películas abundan en tiempos en que la fé y la moral religiosa están más bajas, y tienen el propósito secundario de mantener en sus fieles las creencias de que a) La Iglesia es buena, los demás son malos; b) el Diablo existe, y por lo tanto Dios existe; c) la Iglesia se reserva el derecho exclusivo de pactar con Dios; y d) todo lo que va en contra de los dogmas católicos viene del Diablo y, ergo, también es malo.

En El Nombre de la Rosa, Umberto Eco escribe: "el Temor es necesario, porque sin temor la gente común no tendría la necesidad de creer en Dios, y por lo tanto, no habría necesidad de la Iglesia."

El fin de semana pasado se estrenó la precuela de El Exorcista, que aún no he visto, pero que espero poder comentarla en su momento.
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