jueves, noviembre 15

Música digital en México

De acuerdo con una nota de El Financiero publicada hace unas semanas, el 99.9 % de la música descargada en México es ilegal. El dato podría parecer exagerado, pero la verdad es que no me sorprendería que fuese correcto o incluso que se quedara corto a falta de más decimales. Desde siempre los medios se han encargado de perpetuar la idea de que México es un paraíso para los fabricantes de productos piratas, y puede ser que existan fundamentos para hacer semejante afirmación. Somos un país con una economía inestable y donde todo mundo está siempre buscando ahorrarse unos pesos sin importar que esto implique comprar artículos de imitación o de dudosa procedencia, así que no existe razón para pensar que es diferente en la web.

La industria musical es desde hace varios años una de las más afectadas por la piratería sin que se vea una posible solución al problema. Basta con caminar por las calles de la ciudad de México o utilizar el transporte público, ya sean microbuses y autobuses o el metro para toparse con la oferta de discos piratas de toda clase de géneros. Sin embargo, sostengo que buena parte del problema deriva del obsoleto esquema de negocios bajo el que siguen operando las compañías discográficas. En múltiples ocasiones he hablado de lo desigual de sus tratos para los artistas, quienes son en realidad los creadores y legítimos propietarios del contenido que las disqueras se encargan de comercializar, o de el esquema de precios de su material de catálogo. Y basta observar la actitud de estas compañías respecto a la distribución de música en la red para darse cuenta de que siguen sin darse cuenta de que los tiempos cambian y es hora de buscar nuevas formas de hacer negocios.

El porcentaje mencionado arriba está basado en datos proporcionados por la Asociación Mexicana de Productores de Fonogramas (Amprofon), según las cuales en el 2006 se descargaron en México más de 1700 millones de archivos digitales, aunque no precisa de donde extrajo el organismo esa cifra ni de que manera pueden determinar cuantos de esos archivos son canciones o archivos de audio. Organizaciones internacionales como la International Federation of Phonographic Industries (IFPI) han revelado datos que indican un crecimiento en las actividades comerciales relacionadas con la industria musical, señalando que en el 2006 las ventas de música en línea representaron el 10% del total de la música vendida alrededor del mundo, cuando en el 2005 solo el 5.5% de las ventas se había realizado a través de la red. En México el crecimiento ha sido aún mayor, pues la Amprofon señala que durante el primer trimestre de este año se vendieron más de seis millones de descargas musicales, cinco veces más que en el mismo periodo del 2006.

Entonces, ¿cual es el problema? Que a las disqueras no les ha importado involucrarse en la distribución de la música por medios digitales y que las condiciones del mercado se han encargado de ahuyentar a cualquier posible inversionista interesado en entrarle al negocio. Mientras que en 40 países miembros de la IFPI existen 498 tiendas legalmente establecidas y debidamente autorizadas para vender música en la red, en México solamente existen dos tiendas, Tarabu y Beon, y a pesar de que ambas son identificadas como opciones legales para adquirir música en la red, existen dudas sobre la legalidad con que se vende una importante parte del catálogo de Tarabu, aunque es muy poco probable que la Amprofon o alguno de sus miembros decida iniciar acciones legales en contra de Televisa, empresa propietaria de la mencionada tienda.

Independientemente de si el contenido ofrecido en ambas tiendas es completamente legal y/o autorizado, existen otras limitantes en los servicios de las dos, empezando por el hecho de que ninguna de ellas parece estar interesada en contar a los usuarios de Mac y Linux entre sus clientes. Ambas tiendas requieren descargar e instalar un reproductor multimedia que será el encargado de gestionar las descargas al equipo del usuario, y ese reproductor, en ambos casos, es únicamente compatible con el sistema operativo de Microsoft. A ese obstáculo inicial habría que agregar que las canciones descargadas tienen candados electrónicos que previenen copiarlas a cualquier otro dispositivo o reproductor, limitando su reproducción a la computadora en que fueron descargados y solo por el tiempo que dure la licencia adquirida. Es decir, se trata de canciones con fecha de caducidad.

¿Cómo puede la industria discográfica nacional pretender que la gente busque alternativas legales cuando lo único que ofrecen son obstáculos y poca variedad? Estamos en un país donde el internet se está convirtiendo poco a poco en cosa de todos los días, donde lenta pero inevitablemente el futuro va quedando a nuestro alcance. Tristemente muchas de nuestras industrias prefieren quedarse en el pasado, lloriqueando porque no entienden el presente y marginándose del futuro. Es hora de ponerse las pilas y pensar en el usuario y sus necesidades, de darse cuenta que las viejas prácticas comerciales son obsoletas e insuficientes y de que la avaricia de unos cuantos ejecutivos no puede seguir siendo el motor detrás de su maquinaria de trabajo. Todavía están a tiempo, pero el mañana no espera.
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