jueves, noviembre 10

Hollywood y las premieres de cine

Hay ocasiones en que no es tan malo vivir en un país "en vías de desarrollo". O al menos esa es la impresión que me queda después de leer como son tratados los asistentes a las premieres de cine en Hollywood, donde las medidas de seguridad parecen empezar a alcanzar el standard de las zonas de seguridad de algunos aeropuertos. La gente es cateada, revisada con detectores de metal, los celulares les son temporalmente confiscados y hay agentes de seguridad con cámaras vigilándolos durante toda la duración de la película.

Creo que ni en los conciertos de rock o eventos masivos considerados como "de alto riesgo" se toman medidas similares. En las metrópolis norteamericanas post-9/11 tal vez se pueda tratar de justificar diciendo que se trata de eventos con una alta cobertura mediática y asistencia de celebridades, lo que lo convertiría en un blanco ideal para presuntos terroristas. Pero cuando estas medidas se empiezan a dar en locaciones más tranquilas y mucho menos paranoicas, como Toronto, Canadá, y durante una función regular, es evidente que algo no anda bien en las cabezas de los altos ejecutivos de los estudios de cine. Eso es algo que queda muy claro tras leer el relato de James Reid reproducido en Politech por Declan McCullagh, sobre su experiencia al acompañar a una amiga a una función de cine la semana pasada.

Su indignación y molestia me recordó un comentario anti-Sony en la página de Amazon a propósito del XCP: "Me rehuso a seguir siendo cliente de una compañía que insista en tratarme como un criminal". Si la preocupación de las compañías productoras es que esté disminuyendo la asistencia a las salas de cine creo que están tomando medidas que a la larga tendrán un efecto contraproducente. La idea de ir a ver una película al cine en vez de verla en casa tiene mucho que ver con la experiencia de hacerlo así. Pantalla gigante, sonido envolvente, asientos cómodos y la sensación de estar en medio de un evento social. Pero con la aparición del formato DVD además de las pantallas panorámicas como parte de sistemas Home Theater con sonido ambiental de alta fidelidad, esa experiencia deja de ser única o atractiva. Especialmente si es necesario pasar por un ritual de humillación para poder ver una película.

Ojalá que los productores, distribuidores y propietarios de las salas se den cuenta de el error que están cometiendo antes de que esto se vuelva una práctica común en el resto del mundo. Porque la verdad es que empieza a resultar ridículo este afán suicida de la industria del entretenimiento.
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